Discurso del estreno en Kinepolis Granada de “No existe el adiós”

Aunque me lo he pensado después de ver que Álex de la Iglesia ha hablado en su discurso de los Goya 2011 de cosas semejantes y con mucho mejor criterio que yo, finalmente voy a publicar aquí lo que escribí para el estreno de mi cortometraje en Kinepolis, por si a alguien le interesa o para los que no pudieron venir.

Buenas noches.

Todos los discursos comienzan con un “No me gusta hacer discursos, pero esta vez creo que la ocasión lo requiere”. Pues bien, este también empieza igual:

No me gusta hacer discursos, pero esta vez creo que la ocasión lo requiere.

Y con “ocasión” no me refiero a que estemos a punto de ver mi cortometraje. Creo que es más importante hablar de otras cosas ahora mismo. Pocas veces tiene uno la posibilidad de decir lo que piensa a tanta gente a la vez, así que me aprovecho de que ahora estáis todos ahí atrapados en vuestros asientos y os lanzo mi discurso porque ya no podéis escapar. Puedo ponerlo en un Facebook o en un Twitter, pero entonces nadie me haría ni caso…

Estamos en una sala de cine. Vamos a proyectar una pequeña peliculita, que se ha hecho con el esfuerzo inconmensurable (para los de la ESO, “inconmensurable quiere decir muchísimo”) de un grupo de gente. Además, nos hemos gastado un montón de dinero, hemos dedicado nuestro tiempo, nuestras vidas, y hemos sacrificado prácticamente todo lo que tenemos para poder terminar… un corto. Algunos ya sabéis lo que cuesta hacer una película. Otros no lo sabéis tanto, pero os bastará saber que cada vez menos gente vive de esto, ya que la mayoría se retiran porque sencillamente no pueden seguir enfrentándose a tanta angustia.

Ya hace 10 años que soñé por primera vez que quería hacer cine. Y desde entonces, sin parar, he continuado con mi tarea personal de contar historias, de hacer películas. Por entonces, recuerdo que imaginé una escena de mi futuro, influido obviamente por el aroma romántico de Cinema Paradiso. Me vi a mí mismo, sentado en una sala inmensa de cine, en la última fila, observando a la gente que miraba una película. El público reía, lloraba, se asustaba, y desaparecía completamente de sus realidades durante una hora y pico. Yo, en la última fila, también lloraba como una magdalena, pero por una razón diferente: estaba viendo una película dirigida por mí, y me emocionaba comprobar que el público recibía lo que yo había creado. Esa imagen de mi yo futuro observando a su público me ha acompañado siempre, y el otro día, en las pruebas de proyección en este mismo cine, cuando me senté aquí solo a verlo, volvió a venir a mí y una vez más me deshice como una nenaza.

Ahora pienso que es posible que ese futuro no ocurra nunca. No, no me pongo melodramático. Por supuesto que seguiré haciendo cine toda mi vida, aunque me muerdan las ratas de la alcantarilla en la que me toque vivir. El problema es que ya no estoy muy seguro de qué es el cine. Hemos mutado demasiado deprisa. En 5 o 10 años, la mayoría de los que estáis aquí habéis acabado pensando que las películas se hacen gratis, que las fabrica un ejército de robots alimentados por luz solar y que se descargan dándole a un botón desde vuestras casas. Las salas de cine siguen empeñadas en cobrarnos un riñón cuando saben que ya podemos ver la película sin gastar un duro (o por 1 o 2 euros si lo hacemos legalmente) en nuestros estupendos Home Cinema con pantalla de 52 pulgadas. Desesperados, los productores obligan a sus directores a rodar hasta “Los pitufos” en 3D para que el público acuda a las salas. Pero el público pasa de ponerse gafitas y no le entusiasma lo de gastarse casi 10 euros sólo por ver un bicho azul flotando delante de él.

El panorama actual es, cuanto menos, complejo. Y como no quiero pasarme media noche aquí encima, mejor resumiré lo que quiero decir.

Dentro de 3 días se celebra la fiesta del cine español. Los Goya. El director de la Academia, Alex de la Iglesia, dimitirá al finalizar la gala porque no piensa seguir a las órdenes de una ministra de cultura que no fomenta la cultura libre, sino que la encierra con leyes. En las puertas del Teatro Real, una asociación de revolucionarios vestidos con las máscaras de “V de Vendetta”, se manifestará pacíficamente en contra de la ley Sinde (no os lo perdáis, por si reconocéis a alguien). El 99 % de las películas nominadas a esos premios las habéis visto descargadas de internet sin pagar ni un céntimo (o ni os habéis molestado en verlas porque no os interesa lo más mínimo el cine español). La maldita “crisis”, dicen muchos. Esa palabra me encanta, como dice una querida amiga mía. Crisis viene del griego krinein que significa “separar” o “decidir” y que lleva a la palabra “krisis” que significa “decisión, separación, transformación”.

Según el diccionario (para los de la ESO: un libro muy gordo que usaban vuestros antepasados y que no es la Biblia), “crisis” significa: “Mutación importante en el desarrollo de un proceso, ya sea de orden físico, histórico o espiritual”. MUTACIÓN. Está claro. Estamos viviendo una crisis, y yo me alegro por ello.

Está ocurriendo una revolución y los supervivientes serán los que acepten que el mundo está mutando, los que sean capaces de adaptarse al nuevo sistema de valores. No nos gusta pagar por ver una película, pero sí nos gusta ver películas. Queremos que todos los que participan en la creación de una obra de arte reciban sus sueldos, pero no queremos ser nosotros los que se los paguemos. La culpa siempre es de los demás (especialmente de los que tienen poder y salen en los telediarios) pero jamás es nuestra.

Pues bien, queridos dinosaurios. La noticia es que el cine ya ha muerto. No sé lo que tardarán las salas públicas como esta en desaparecer (o en transformarse en parques de atracciones con mucho 3D y muchas palomitas, que para el caso es lo mismo). Yo me uno al bando de los mutantes, de los que queremos cambios en la realidad. No me importa si ya no veo nunca mis películas con el brillo mágico del proyector de cine. Lo que quiero es vivir haciendo películas y que la gente las vea, donde y cuando ellos quieran. Lo otro es anclarse en el pasado y no evolucionar. Vamos a seguir contando historias, vamos a buscar la forma de que todo el mundo pueda verlas, y además, por increíble que os parezca, también encontraremos la forma de que se pueda vivir económicamente de ello.

¿Cómo? Os doy una pista: ¿os habéis dado cuenta de que todos los meses pagáis impuestos, tarifas planas, líneas de teléfono, electricidad, agua, gas…etc. etc. etc.? Muy pocos consideran que eso sea un abuso del poder, ¿no? ¿Por qué el cine, la música, y todas las demás artes, no están incluidas en alguna de esas “tarifas planas mensuales”? ¿Por qué no nos molesta pagar un parking para el coche o un precio por minuto en una llamada por el móvil y no estamos dispuestos a pagar por ver una peli? Paguemos todos un precio razonable y permitamos el acceso libre a la cultura en todo el mundo. Esto se lo digo a los distribuidores y exhibidores, a los políticos, y especialmente al PÚBLICO, a vosotros: cambiemos los valores. No esperemos que las leyes nos obliguen a pensar de forma única. Reeduquemos a la gente, y podremos seguir disfrutando de la variedad, de la individualidad, de la diferencia.

Si no lo hacemos pronto, entonces os daré la bienvenida al “mundo feliz” y que el Gran Hermano nos asista.

¡Viva la crisis! ¡Viva la mutación!

 

PABLO BULLEJOS- Granada, 10 de Febrero de 2011.

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~ por pablobullejos en febrero 21, 2011.

Una respuesta to “Discurso del estreno en Kinepolis Granada de “No existe el adiós””

  1. lo he visto.
    me ha gustado.
    lo vere mas veces.
    me gustaria un film cuya intriga este basado en la duda que plantea el corto: tres momentos diferentes con los mismos personajes o, personajes diferentes en el mismo momento.
    IMPORTANTE…elegir el LUGAR HISTORICO, eje del film.

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