Antonio Canalejo

El pasado 13 de Junio, Antonio Canalejo, un gran amigo y maestro de Literatura del Instituto, recibió un acto de homenaje por su jubilación. Nos llamaron, a Alberto Martos y a mí, para que le dedicáramos alguna de nuestras actuaciones. Iluminamos con cuidado la estancia, coloreándolo todo de rojos, azules y amarillos. Y mientras yo leía estas palabras, Alberto tocó su violonchelo, que continuó haciendo música después de terminar mi última frase, como si estuviéramos presenciando los créditos finales de una emotiva película…

Antonio Canalejo

 

 

Cuando no te miraba con sus ojos azules, pero te decía todo lo que necesitabas saber sobre la poesía romántica…

 

Cuando no te miraba con sus ojos azules, pero abría las puertas de tu adolescente cabecita para meterte dentro fantasías, futuros, ilusiones, desengaños, sabidurías,…

 

Cuando Antonio no te miraba con sus ojos azules, todas las mañanas del mundo, en sus clases que parecían obras literarias en sí mismas, estaba haciendo algo tan poderoso como convertir el agua en vino. Convertía tu dolor adolescente en dolor adulto. Te enfrentaba directamente con el abismo de la realidad, no sin antes equiparte con todos los utensilios de un buen mago; te hacía comprender las palabras, las letras, los sonidos, entrar en el interior de una prosa poética, hasta fundirte en un charco de lágrimas que en realidad eran sonrisas.

 

Jamás nadie ha tenido los ojos tan azules (ya sabéis, ese “blue” anglosajón…) cuando leía a Garcilaso.

 

Las palabras “Mago” y “Maestro” (o Magister) vienen de la misma raíz latina. Si seguimos los principios de la Alquimia, un verdadero mago es aquel que tiene el poder de transformar los elementos naturales, de provocar una metamorfosis. Ya saben por dónde voy: convertir el plomo en oro, etc.

La profesión del auténtico maestro es provocar a sus alumnos la metamorfosis, para después acompañarles en el proceso del cambio. Cuando esto ha sucedido, el maestro (o la madre de los pajarillos), empuja a sus crías al exterior, y les deja extender sus alas para alejarse volando hacia sus vidas adultas.  

 

Cuando Antonio me enseñó Literatura, me estaba (nos estaba) cambiando la vida. Estaba provocando la mutación alquímica, propia del más sabio de los magos, y no sólo nos empujaba a extender las alas. En ocasiones, incluso inventó unas alas que antes no existían y nos ayudó a pegárnoslas a la espalda. Qué poca justicia hace a su trabajo que las asignaturas que nos impartía no se llamaran “Iniciación a la vida”, o “Técnicas de vuelo angelical”, o “Sueño, Ilusión, Verdad y Madurez: teoría y práctica”.

Aunque, pensándolo bien, no estuvo tan mal resumir todas esas cosas con la palabra “Literatura”.  

 

Le debo a Antonio más de lo que él quiere creerse. Somos muchos los que le debemos estar donde estamos, al menos en parte (para que no diga que soy un exagerado, que ya sé que lo está pensando…).

 

Hace unos días, hablando con mi amigo violonchelista, surgió el tema de tres figuras míticas que siempre figuraban en los pueblos pequeños de antes. El médico, el cura, y el maestro. El Médico está contigo cuando naces, y cuida de ti para que tardes en morir. El Cura vigila tu vida espiritual y estará en tu lecho cuando mueras. El Maestro, el que más tiempo pasa contigo, durante toda tu vida, es el responsable de enseñarte a estar vivo, y en consecuencia, de hacer que aprendas a morir. Sin el médico se puede nacer, y se puede sobrevivir. Sin el cura…bueno, creo que la mayoría podríamos prescindir de él… Pero ¿qué sería de nuestras vidas sin los maestros? ¿Sin los que nos superan (en edad o en sabiduría, que no es lo mismo)? ¿Qué habría hecho yo si Antonio Canalejo no me hubiera dicho: “mira, léete este librito, estoy seguro de que te va a gustar”?  Aunque no he vivido en un pueblo pequeño de antaño, sí he tenido al maestro del pueblo, a ese dios del conocimiento que te dice que “hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que sueña tu filosofía”. Y claro que después ha habido más maestros, más ídolos, y también algunos farsantes y gurús. Claro que no todo en lo que me estoy convirtiendo es responsabilidad del pobre Antonio… pero sí que fue uno de los que puso las piedrecitas más gordas y pesadas, las que sostienen a todas las demás porque son las primeras que te colocan en ese nuevo suelo limpio que somos en la adolescencia. Y después llegaron las demás, las que empezaron a construir la montaña…

 

Se ha escrito mucho (sobre todo se han hecho muchas películas) sobre el gran profesor al que sus alumnos aplauden con lágrimas en los ojos cuando se va, algunos levantándose y subiéndose a las mesas recitando a Whitman, otros cantando en un coro angelical, otros dedicándole alguna obra de arte llena de ingenuidad y cariño. Es ya un tópico, y en ocasiones tan dulzón y falso que provoca más una mueca de vergüenza ajena que la buscada lagrimilla. Nunca sería lo mismo sin la orquesta de cuerdas repitiendo una y otra vez las notas acarameladas y llenas de exaltación exagerada.

Nos ha tocado, a Alberto Martos y a mí, hacer esa escena. ¿Y qué hacemos? Porque esto no es una película, y estoy seguro de que si buscamos La Gran Escena Final, nos saldrá una chapuza, y si alguien sale llorando va a ser de risa…

 

…Y sin embargo, por mucho que lo pienso, no puedo pensar más que en conseguir que todos lloréis de emoción, y que suenen los violines, y que haya un fortísimo aplauso, y que Antonio salga al escenario, y…

 

En fin, me rindo al tópico, pero voy a intentar hacerlo con total sinceridad.

 

Voy a leer unas palabras de Michael Ende, que quizá fue mi primer maestro cuando yo era un niño pequeño, y que seguirá siéndolo cuando sea un anciano y ya me prepare para morir. El texto proviene de un cuento llamado “La escuela de Magia”, donde un profesor enseña a sus alumnos los secretos para ser un gran Mago.

 

“El que quiera practicar la magia tiene que ser capaz de controlar toda su fuerza de desear y saber utilizarla. Pero para ello tiene que llegar a conocer sus verdaderos deseos, y aprender a manejarlos. En realidad, de lo que se trata en el fondo es de conocerlos de verdad, clara y sinceramente, y todo lo demás se dará por añadidura, como suele decirse. Lo que ocurre es que averiguar cuáles son nuestros auténticos deseos no es tan sencillo como parece.

—¿Y  qué es lo que hay que averiguar?—dijo un chico de la primera fila—Cuando deseo una cosa, deseo esa cosa y se acabó. De modo que no pasará mucho tiempo hasta que empiece a hacer magia, ¿no?

—Por eso mismo os he hablado de los verdaderos deseos—aclaró el profesor—Y ésos sólo puede encontrarlos quien vive su propia historia. En el mundo, la mayor parte de las personas no vive nunca su propia historia. Ni le dan a eso ningún valor. Muchos no llegan a descubrir nunca sus verdaderos deseos. Hay quien cree, por ejemplo, que le gustaría ser médico famoso, o catedrático, o ministro, y en cambio su verdadero deseo, que él mismo ni siquiera conoce, es ser simplemente un buen jardinero. Otro piensa que le gustaría ser rico, o poderoso, pero su verdadero deseo es ser payaso de circo. Mucha gente cree también que desea sinceramente que a todas las personas del mundo les vayan bien las cosas y que todos puedan vivir felices y contentos, que los hombres sean amables unos con otros, que triunfe la verdad y que reine la paz… Pues esa gente muchas veces se asombraría si conociera sus verdaderos deseos. Creen que desean todas esas cosas porque les gusta verse a sí mismos como personas buenas y virtuosas. Pero que les guste algo no quiere decir exactamente que lo deseen de verdad. Sus auténticos deseos se inclinan a menudo hacia algo muy diferente, incluso, a veces, justo hacia lo contrario. Por eso en realidad nunca están de acuerdo consigo mismos. Y como esos deseos les resultan ajenos porque pertenecen a historias ajenas, nunca viven su propia historia. Y por eso mismo, como es natural, nunca podrán practicar la magia”.

 

 

Querido Antonio Canalejo. Queridos Maestros, los que os quedáis, los que empezáis, y los que ya estáis saliendo. Queridos Magos. Os doy las gracias en nombre de vuestros alumnos, de vuestros aprendices, de vuestros niños. Gracias por regalarnos tanto de vuestras propias vidas. Gracias por explicarnos tantas teorías y prácticas. Gracias por abrir vuestros corazones y por conmoveros, por fascinaros, por contagiarnos vuestra ilusión. Gracias por no rendiros a la mediocridad y no destruir el futuro de los que os están escuchando. Gracias por luchar por nuestra felicidad, por esa generosidad tan inhumana de ofrecer el conocimiento sin esperar nada a cambio. Gracias, aún así, por recibir con los brazos abiertos lo que no esperabais a cambio.

Os doy las gracias, os las daré ahora y siempre, por ayudarme a encontrar mi propia historia y por empujarme a averiguar cuáles son mis verdaderos deseos.

Gracias, Antonio. Gracias, Maestros. Por enseñarme a hacer Magia.

 

 

                                                     

PABLO BULLEJOS

 

Granada, 13 de Junio de 2008

 

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~ por pablobullejos en junio 16, 2008.

 
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