La llamada de la soledad

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Chris McCandless camina entre los arbustos helados, cargado con una mochila que guarda todas sus pertenencias, todo lo que tiene en esta vida. A pesar del terreno hostil, ya casi no tropieza. Ansía desde hace tanto tiempo la soledad que lo envuelve que su paso es firme y sus ojos brillan de felicidad. Tras unas horas encuentra, en medio de la naturaleza salvaje, los restos de un autobús que hace años recorría una ruta perdida del interior de Alaska.

Allí vivirá durante los próximos cuatro meses, completamente solo. Allí morirá, tumbado en un viejo y sucio colchón en la parte trasera del autobús, con una enigmática sonrisa en sus labios, mirando un cielo que ningún otro ser humano ha tenido la oportunidad de vislumbrar.

Sean Penn ha adaptado al cine el libro “Into the wild” (“Hacia rutas salvajes”) de Jon Krakauer, que narra la historia real de Christopher McCandless, un joven norteamericano de 22 años que abandonó su vida anterior, quemó su dinero y comenzó a peregrinar por su país para seguir los pasos de otros que, como él, buscaban encontrarse cara a cara con la naturaleza, con lo salvaje, con, como dice la palabra difícil de traducir al español, “the wild”. Leyendo las obras de Jack London, Tolstoi y Thoreau, el joven inició su viaje hacia la soledad, separándose de todos las reglas de la sociedad moderna, alejándose de la racionalidad de los humanos y acercándose al instinto de los animales. Durante el tiempo que recorría los parajes más auténticos del continente, siempre mantuvo su sueño en el punto de mira: Alaska, el territorio virgen, donde la mano destructora del hombre aún no había llegado. Chris utilizaba el nombre de “Alexander Supertramp” (super-vagabundo), y supo perfectamente lo que era vivir sin nada, sin hogar, sin cama para dormir, y sin comida caliente al anochecer. Pero en todo momento fue fiel a su decisión, sin quejarse, sin corromperse, sin añorar las comodidades. Utilizando las palabras de Thoreau, Chris McCandless había decidido, en su adolescencia, “vivir deliberadamente, enfrentarme sólo a los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, y para no descubrir, cuando tuviera que morir, que no había vivido”. Después de alcanzar su destino, vivió durante cuatro meses en total soledad, alimentándose de lo que cazaba y de las plantas autóctonas. No se sabe con certeza la causa de su muerte. El autor del libro, y la película de Sean Penn, afirman que se alimentó de unas hojas venenosas y que su debilitado organismo no pudo resistir a la enfermedad. Aunque la teoría más plausible, ya que la autopsia no reveló ninguna sustancia tóxica en su cuerpo,  es que Chris sencillamente muriera de inanición. Atrapado en su propio escondite, lejos de cualquier ayuda, desesperado por encontrar algo que llevarse a la boca, su cuerpo ya no pudo esforzarse más y cayó rendido.En la única foto que se hizo junto al autobús que lo cobijaba, el joven aparece muy delgado y con barba, con ropas viejas y que le quedan grandes, sonriente, feliz, tranquilo, como sólo pueden estar las personas que encuentran lo que llevan buscando toda la vida. Con la paz que sólo se siente cuando has llegado a tu hogar.

Henry David Thoreau (1817-1862), en su experimento literario “Walden”, narra sus experiencias durante los dos años que se fue a vivir a una cabaña que él mismo había construido en los bosques. Tenía 28 años. Estaba harto de la sociedad en la que vivía, y necesitaba alejarse del mundo que tanto daño le hacía. Pero fue precisamente por su rebeldía y por su poca capacidad para comprender los sistemas humanos, por lo que fue obligado a volver. Tras un tiempo buscándole, las autoridades lo arrestaron y lo encarcelaron por no pagar impuestos durante varios años como protesta por el papel del estado en la perpetuación de la esclavitud. La realidad, y sus mecanismos de ataque y defensa, pudieron con la revolución personal de Thoreau, e hicieron lo que tantas otras veces ha ocurrido con los librepensadores: lo obligaron a callarse y a vivir dentro de las reglas de una comunidad civilizada. El resto de su vida siguió en contacto con la naturaleza, pero no pudo volver a aislarse de la sociedad. Como él mismo escribió acerca de John Brown, un importante abolicionista que ayudó a suprimir la esclavitud en EEUU, “tuvo el coraje de enfrentarse a su país cuando éste estaba equivocado”. Las palabras de Thoreau, hablando de la absoluta soledad en la que vivió en su estancia en los bosques de Walden, explican perfectamente sus actos y sus decisiones vitales: Nunca me he sentido solo o agobiado en absoluto por la sensación de soledad, salvo en una ocasión, pocas semanas después de venir a los bosques, cuando, durante una hora, dudé si la cercana vecindad del hombre, no era esencial para una vida serena y saludable. Estar solo resultaba algo desagradable. Pero al mismo tiempo era consciente de una ligera locura en mi humor y parecía prever mi recuperación. En medio de una suave lluvia, mientras prevalecían esos pensamientos, fui consciente de pronto de la dulce y beneficiosa compañía de la naturaleza y, en el repiqueteo mismo de las gotas y en toda imagen y sonido alrededor de mi casa, un infinito e inexplicable afecto, como una atmósfera que me mantuviera, volvió insignificantes las ventajas imaginadas de la vecindad humana y no he vuelto a pensar en ella desde entonces”.

Uno de los libros que más influyó al joven McCandless, además de la obra de Thoreau, fue “The call of the wild” de Jack London. La traducción española es “La llamada de la selva”. Pero todos estos aventureros, estos locos incapaces de convivir con su especie, no fueron llamados por la selva ni por lo salvaje. En sus vidas acomodadas, cuando se sentaban junto a otras personas, cuando miraban por sus ventanas y veían una gigantesca ciudad, fría y estática, cuando los ruidos de la vida moderna ya no les dejaban escuchar el sonido de los pájaros, lo que los llamaba, susurrante y llena de seguridad, era la eterna soledad. La llamada que los llevó al otro lado de la vida, donde una sonrisa siempre es una señal de felicidad y equilibrio y una lágrima siempre tiene un sabor amargo.

Acompañados únicamente por su soledad, por la tierra, el cielo y el agua, cara a cara con la naturaleza, todos sonrieron en el momento que supieron que, pasara lo que pasara, aunque fueran encontrados y arrastrados fuera de sus bosques, ya no había vuelta atrás y sus espíritus iban a quedarse allí para siempre.  

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~ por pablobullejos en febrero 11, 2008.

 
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