Bohemia Jazz Café - 2 Noviembre, 2007
Publicado en http://www.granadadigital.com/gd/amplia.php?parte=Opinion&id=1637
El pasado 2 de Noviembre, el Bohemia Jazz Café, un conocido local del centro de Granada, inauguró un nuevo espacio. En la fiesta de presentación fue homenajeado uno de los pianistas más veteranos de Granada, Ignacio Olmedo Collantes. Llevo casi toda la vida tomando café en el Bohemia. He trabajado tras la barra, escuchando Jazz durante horas. He conocido a tantos personajes nocturnos que podría escribir sobre ellos toda mi vida (de hecho, probablemente lo haré). Aquella noche tuve el privilegio de escribir y leer este discurso de inauguración, con la compañía de amigos, colegas y grandes maestros.
BOHEMIA JAZZ CAFÉ
Dedicado a Don Ignacio Olmedo Collantes,
por regalar a las noches del Bohemia su música, su sonrisa, su experiencia, su sabiduría.
Por hacer que el Tiempo se convirtiera en Vida.
Gracias por “aporrear” las teclas de nuestras madrugadas.

Nunca se me hubiera ocurrido pensar, cuando abrí la puerta de cristal del café, que acabaría siendo mi hogar nocturno durante casi un año. Al entrar por primera vez en el Bohemia, sonreí con ilusión. Al fin había encontrado el refugio que estaba buscando.
Durante prácticamente 8 años (ahora el Bohemia cumple 10 desde que nació), se convirtió en el café de las conversaciones perpetuas, de los proyectos por cumplir, de los romances, del silencio jazzístico que acompañaba a las heroicas propuestas de futuro de mis amigos y yo.
Aunque cada vez tomo menos café (supongo que me gusta pensar que es para cuidar mi estómago), saborear la canela de un vienés, mezclarla con el humo de algún tabaco aromático, hablar de cómo el cine y un buen libro pueden darle sentido a la vida, sentarse en las sillas de madera impregnadas de música y pasarse horas de charla en el Bohemia sigue siendo una de mis ideas de un plan perfecto.
Desde el primer momento, caminando unos pasos en el interior de la cueva, rozando los pianos de la entrada, supe que esas paredes, que parecen estar construidas con fotografía y no con ladrillo, iban a acoger la mayoría de mis veladas y tertulias. Todavía no sabía que bastantes años más tarde iba a vestir el uniforme del barman, que iba a encargarme de construir los sabores de los cafés, a conocer la trastienda, a desvelar los secretos que componen el sueño. Y que, después de escuchar Jazz durante seis horas cada noche, fabricar las bebidas que antes otros me ofrecían para calentar la garganta y poder seguir charlando, y encender y apagar las míticas luces que ensombrecen las esquinas, seguiría sintiéndome…refugiado, como en casa.
Es uno de los poderes del Jazz. Cuando lo oyes, permanece en tu alma como algo necesario, y sufras o rías escuchando la música, ya estás encadenado para siempre a apreciarlo.
Y el Café Bohemia es eso. Puro Jazz.
Estoy seguro de que nunca me cansaré de este sitio, y que mientras yo pasee por Granada, será mi local preferido. Sin embargo, ahora las cosas han cambiado. El Bohemia es ahora dos escenarios. No quiero decir que ahora hay dos Bohemias. Sigue siendo uno sólo. El Bohemia Jazz Café.
Lo que ha cambiado es que ahora está en dos sitios al mismo tiempo. Puedes elegir el ambiente que ya conoces, con las paredes que tantos de tus pensamientos han oído, o sentarte en las nuevas mesas, junto las nuevas fotografías, ambientado por el nuevo resplandor sepia que atraviesa las ventanas. El café es el mismo café, el Jazz es el mismo Jazz, las luces y las sombras están en los mismos lugares, y los pianos…bueno, en realidad, los pianos son diferentes. Entre otras cosas porque uno de ellos lo puedes usar para tomarte tu copa en una original localización.
Es imposible elegir uno y olvidarte del otro. Son la misma cosa, y son completamente diferentes. El primero ha oído mis pensamientos y mi pasado. El segundo va a escuchar mis fantasías y mi futuro. Y mientras exista el presente, ambos serán mi escondite y mi guarida.
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Me acuerdo de una noche. Yo estaba detrás de la barra, pero no había nadie en el bar y el pianista estaba tocando solo. Era una de esas noches melancólicas, de esas que en las películas siempre tienen un tinte azulado y la banda sonora es un blues lacrimógeno. Llevaba unos cuantos días triste y apagado y tenía mucho sueño, así que decidí prepararme un café. Siguiendo el tópico que me llamaba a gritos, me senté a escuchar la música y me rodeé del humo de un cigarrillo de papel marrón. Sabía que en algún lugar, un escritor o un cineasta hablaban de nuevo sobre ese instante en su novela o película de cine negro. Pero eso no me impidió seguir el guión establecido. Apoyé mi cabeza sobre la mano, y una lágrima se escapó de mi ojo. El pianista, hundido en su océano de teclas, no sabía que alguien lo estaba escuchando y, como si hubiera intuido el dolor que experimentaba su único espectador, comenzó a tocar un jazz alegre y risueño. Inmediatamente, la lágrima retrocedió en mi rostro y subió por mi mejilla hasta desaparecer en el lugar del que había nacido.
Me di cuenta de que Chaplin me estaba mirando desde una de las fotos en la pared.
Y los fantasmas que esa noche habitaban el bar, cansados de vagar y gemir, me agarraron del brazo, me levantaron de golpe y me obligaron a bailar con ellos. Salté y reí, moví mis piernas como un loco recién liberado de sus somníferos. No paré de exhibir, durante siglos, mis estrepitosas carcajadas. Y, corriendo como el hombre más feliz de la Tierra, volví a la barra a atender a los primeros clientes de la noche, que creo que se sintieron atónitos al ver que alguien podía sonreír enseñando todos los dientes a la vez.
No me olvidaré nunca de esa noche en el Bohemia. Ahí dentro, donde la gente guarda los instantes alegres, vive un pequeño grupo de músicos de New Orleans que únicamente tocan sus instrumentos en circunstancias muy especiales.
Aquella noche, lo prometo, la banda tocaba el mejor Jazz que jamás haya existido.

